¿Dios demanda perfección?


No es raro que me corresponda dirigir algún tiempo de alabanza en la iglesia. Sea en los servicios de varones, de jóvenes, o los domingos; no es algo ajeno a mí desde hace mucho tiempo. Si bien prefiero estar detrás de una guitarra, porque, aunque no canto mal, mi voz no es la mejor para hacerlo. En fin, ese no es el punto de esta entrada…

Hoy quiero contarles una historia. Ocurrió un sábado, durante un ensayo de alabanza. Yo estaba dirigiendo la canción de Marcos Witt, “En los montes, en los valles”. Todo iba bien, hasta que llegó la afamada sección de rap. Ya me la había aprendido, e incluso la había ensayado exitosamente la noche anterior. Todo parecía estar correcto. Pero no fue así. No entré a tiempo, y todo salió mal. No fue gran problema puesto que sólo era un ensayo, y había lugar para el error y tiempo para corregirlo. Pero esto ocurrió no una, ni dos… Tres veces seguidas. Tal fue mi desesperación que me retiré del frente y volví a ocupar mi lugar en la guitarra, con una cara de vergüenza y un sentimiento de derrota, porque había fallado miserablemente en la ÚNICA canción que me había tocado para esa ocasión. Siendo una persona que siempre quiere dar lo mejor y que siempre quiere hacer todo perfecto, pues podrán imaginar mi estado anímico.

Al llegar a casa, me senté en mi cama, y con mucho pesar en mi corazón comencé a pedirle perdón a Dios, porque sentí que no le había dado mi mejor trabajo; sentí que le había fallado. Comencé a decirle: “Señor, Tú sabes que siempre busco la perfección en todo lo que hago. Sabes que no tolero fracasar, y esta ocasión lo he hecho. Perdóname porque no te serví correctamente.”

Luego me llevó a un famosísimo pasaje de la Escritura:

“’Te basta con mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad’ Por lo tanto, gustosamente haré más bien alarde de mis debilidades, para que permanezca en mí el poder de Cristo.” 2 Corintios 12:9 NVI

Me puse a pensar en este versículo, que tantas veces he leído en el pasado, pero que nunca he entendido con la profundidad con que el Señor me ha permitido entender hoy. Y esto es que, si yo fuera perfecto, no tendría ninguna necesidad del poder de Dios. Los fuertes no necesitan más fuerza. Los que ya están sanos no necesitan más salud. Los que están saciados no necesitan ser llenos. Sino todo lo contrario. El débil necesita la fuerza, el enfermo la sanidad, y el hambriento la saciedad. Parece lógico, ¿o no? ¡Pero lo pasamos por alto tan fácilmente! En mi mente humana me estaba enfocando tanto en buscar mi propia perfección, que no dejé que la gracia perfecta del Rey de Reyes se moviera en mí y a través de mí. Esa noche, después de mi nefasta participación, el Señor me enseñó a depender de Su gracia.

Ahora, ¿qué significa esto? ¿Que por depender únicamente de la gracia voy a volverme un descuidado? ¿Un flojo? ¿Qué voy a tirarme a la desidia? ¡De ninguna manera! Significa que seguiré siendo diligente, practicando, estudiando, perfeccionando todo lo que Dios ha puesto en mis manos, pero consciente en todo momento de que mi debilidad abre paso al poder de Cristo. No lo digo yo, ¡lo dice la Palabra! La unción nunca sustituye nuestra deficiencia. Siempre tenemos que seguir buscando mejorar aquello que el Todopoderoso nos ha dado. Recordemos que el servicio a Dios no es ningún chiste, no es ningún juego. Siempre debemos estar en constante mejora y preparación.

Volviendo a la pregunta inicial… ¿Dios demanda perfección? Mi opinión es que no. Porque si así fuera, ninguno estaríamos calificados para servir. Lo que sí demanda es que demos LO MEJOR DE NOSOTROS dentro de nuestros propios límites. ¡Siempre demos nuestro mejor servicio, en todo lo que hagamos! Él no busca súper-hombres, o súper-mujeres para que le sirvan. Recordemos que “Dios escogió lo más bajo y despreciado” (1 Corintios 1:28). Lo que tenemos que hacer es conocer nuestros límites, y entregar lo mejor que tenemos DENTRO DE ESOS LÍMITES. No en vano existe la frase “nadie puede dar lo que no tiene”.

¿Qué estoy diciendo con esto? ¿Qué nos quedemos estancados? Claro que no. Desde luego busquemos subir nuestro propio techo; expandir esos límites, para ofrecer a Dios cada vez un mejor servicio, pero siempre recordando que la debilidad es la antesala al poder. Crezcamos por niveles. Comencemos en el nivel en que estamos, y el Señor nos llevará a niveles cada vez más grandes. ¿No me crees? Busca la historia de David. Él no comenzó matando gigantes. Sino que comenzó matando leones y osos. No comenzó siendo rey. Comenzó siendo un pastor. Y él, lejos de ser un hombre perfecto, fue llamado por Dios como un “varón conforme a Su corazón”.

Dios no quiere que seas perfecto, sino que seas perfeccionado. Dios no demanda perfección, sino quiere que le entregues lo mejor que tienes.

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